Tuve un sueño, en
una noche larga y oscura, en el que te encontraba y me dormía profundamente.
Eras tan grande que apenas podía reconocerte, también eras un árbol. Pero ya
sabes cómo son los sueños, uno puede ser cualquier cosa físicamente, sin dejar
de ser sí-mismo. Y aunque fueras árbol seguías usando tus pendientes de jade, sólo
tú usas esos pendientes. El viento silbaba y sacudía tus hojas, tu tronco
rechinaba pero el cielo era completamente azul. El sol permanecía tranquilo en
una esquina, como en un cuadro dibujado por un niño, y no se vislumbraba ni una
sola nube. El pasto era de terciopelo y liberaba un aroma dulzón de tierra mojada.
Las grietas de tu tronco habían sido invadidas por el musgo. Te veías tan
hermosa y tranquila. Tus ramas se mecían como si fueran millones de brazos, me
decían “ven” y mis piernas obedecían más tu voz que a mí. Me senté frente a ti
y esperé a que el viento se convirtiera en un simple murmullo. Llevaste tus
ramas hacia mí, elevándome hasta tu cima, protegiéndome del sol, mostrándome
toda esa tierra desierta, cubierta de pasto y de luz. Me acurruqué ahí embelesado
por tanta paz y creo que jamás desperté.
Tuve suerte de conocerte, de escucharte, de hablarte. Tengo la fortuna de sentirme querida por ti y el privilegio de todos nuestros recuerdos. Te llevas parte de mi Ya no encontraré refugio en la niña que fui Me dejas llena de huecos de ti No sostendré más tu mano Ni te abrazaré más Nadie más me dirá "Nena" Formas parte de mi vida adulta De mi manera de querer a la familia Me dejas tu carino y tu luz Te quiero Te querré siempre Y sólo soy una habitante más de tu inmenso corazón
¡Buenos días! (Olor a mantequilla en el aire y las manecillas más allá de las 10)
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