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Volver a tus brazos

Tuve un sueño, en una noche larga y oscura, en el que te encontraba y me dormía profundamente. Eras tan grande que apenas podía reconocerte, también eras un árbol. Pero ya sabes cómo son los sueños, uno puede ser cualquier cosa físicamente, sin dejar de ser sí-mismo. Y aunque fueras árbol seguías usando tus pendientes de jade, sólo tú usas esos pendientes. El viento silbaba y sacudía tus hojas, tu tronco rechinaba pero el cielo era completamente azul. El sol permanecía tranquilo en una esquina, como en un cuadro dibujado por un niño, y no se vislumbraba ni una sola nube. El pasto era de terciopelo y liberaba un aroma dulzón de tierra mojada. Las grietas de tu tronco habían sido invadidas por el musgo. Te veías tan hermosa y tranquila. Tus ramas se mecían como si fueran millones de brazos, me decían “ven” y mis piernas obedecían más tu voz que a mí. Me senté frente a ti y esperé a que el viento se convirtiera en un simple murmullo. Llevaste tus ramas hacia mí, elevándome hasta tu cima, protegiéndome del sol, mostrándome toda esa tierra desierta, cubierta de pasto y de luz. Me acurruqué ahí embelesado por tanta paz y creo que jamás desperté.

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