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El arte de llorar

Lloro porque tengo que llorar. Porque me empieza a doler la cabeza si no lo hago y se me llenan los ojos de lágrimas y se me cierra la garganta. Lloro porque puedo y me da la gana; porque de tanto pensar ya no sé que me pasa y sólo te pido que me des un abrazo, que me digas que me quieres y que me dejes llorar.
Cuando lloro y estoy sola siento que cargo con el peso del mundo, me siento aplastada, desplazada, achicada. Y también cuando lloro recupero mi tamaño, recuerdo que no soy ni tan pequeña, ni tan insignificante, ni tan fea, ni tan ridícula, ni tan negativa.
Lloro porque sigo siendo una niña, he guardado lágrimas por años. Como aquellas lágrimas que no dejé caer cuando vi por primera vez el Rey León. He conservado esas lágrimas y otras, todas ellas frustradas y añejadas. A veces, cuando lloro, no recuerdo porqué lo hago, simplemente se vuelve en una necesidad para liberar mi mente de lo extraño y de lo absurdo.
Así que perdóname si me ves tan decaída, pero tengo tanto dentro de mí que no sé ni qué hacer conmigo. Sólo recuerda que debes abrazarme, no me vayas a dejar aquí solita con las sombras de mis lágrimas porque eso sí sería insoportable.

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